Cuentos de Cuarentena II: ¿Luego también podré beber vino?

2020-04-14

¿Luego también podré beber vino?

En casa, desde siempre, he visto un porrón en la mesa, a veces incluso dos. Mi abuelo era capaz de volcar el contenido de una buena botella en su porrón. – ¡Así me sabe mejor!, decía.

La abuela sacaba el cristal cada día para depositarlo en el contenedor verde y las vecinas cotilleaban intentando descubrir qué vinos habíamos disfrutado. Picara la abuela, las miraba, y decía: “Nunca sabréis cuál es el preferido hasta que muera, quiere que lo entierren con él”. Oyéramos entonces murmullos y cierre de ventanas y puertas.

Jamás logré convencerle que en copa podría disfrutar aún más de sus vinos. Él, perspicaz cómo la abuela, me miraba y respondía: “Mi pequeña, éso lo dejo para los epicúreos cómo tú”. Mi abuelo me estaba haciendo un cumplido, ¡guau! La filosofía epicúrea une felicidad y placer, aleja los miedos, pues con ellos no se puede disfrutar de la vida.

Unos días más tarde y ya con la integración de mi epicureísmo me dispongo a sorprender a mi abuelo y hacerle viajar sin salir del comedor. Quiero visitar varios lugares entrañables para nosotros y no puedo empezar de otra manera que no sea abriendo el vino escogido para la ocasión.

Hoy quiero tomar con sosiego, placidez, tranquilidad y en buena compañía mi vino Bijuré. En caló, el lenguaje de los gitanos españoles, quiere decir dorado. Y efectivamente, en vista este vino es oro puro, amarillo dorado muy limpio.

Veo la ilusión en los ojos de mis abuelos, veo los recuerdos; mientras, alarga la mano con su porrón vacio y desatiende la copa puesta estratégicamente frente a sus cubiertos. Con resignación le lleno su porrón pero la abuela y yo lo beberemos de nuestras lujosas copas de cristal. Son copas más delgadas que las de vidrio, lo que facilita la apreciación de los aromas y ayudan a mantener más tiempo la temperatura ideal del vino ya que en ellas no se acumula tanta temperatura como sí sucede en las otras. Voy deleitándome con la copa en la mano y una servilleta blanca debajo del maravilloso color oro de este vino blanco fermentado en bota.

Mientras empezamos a preparar la comida que acompañará nuestro vino blanco, mi abuelo recuerda a los gitanos de su estimada Cádiz, en concreto del pueblo de Trebujena. Gente trabajadora y buenos elaboradores de vino, gente acostumbrada a lidiar con los pedruscos blanquillos del suelo de los viñedos, suelo que conserva agua todo el año a cierta profundidad favoreciendo el crecimiento de viñas muy antiguas como la perruno, beba o barcelonés, de dónde procede nuestro vino. Todo un viaje al pasado, no un simple cupaje o mezcla, sin más, de uvas.

Mientras voy sacando la pizza margherita del horno para ver si ya está hecha; el abuelo, porrón en mano, abre los ojos de par en par. Estoy segura que ahora me contará la historia de su nombre. Empieza recordando su restaurante preferido en Nápoles, en la parte más burguesa, en el barrio del Vomero, desde donde se puede divisar el  volcán Vesubio. Se imagina comiendo en la Pizzería Brandi. Seguro que se visualiza allí sentado y oliendo a masa recién horneada. Prosigue diciendo: “¿sabes mi pequeña? Un día del año 1871 la Reina Margarita de Saboya  pidió varias pizzas al famoso cocinero de su imperio  Raffaele Espósito, justo ésta le encantó y en su honor la bautizaron con su nombre. Receta simple y acertada con los famosos tomates San Marzano, esos que parecen pepinos, queso y albahaca.

Terminamos de poner la mesa cómoda y elegante y nos sentamos a disfrutar. Miradas inquisidoras de mis dos abuelos esperando que de mis labios salgan palabras que les reconforten y les hagan más agradable, si cabe, el disfrute del plato y del vino.

“Poned la nariz dentro de la copa y del porrón respectivamente”, empiezo comentando: Ellos obedecen. “¿dinos qué podemos notar que nos traslade cerca del Guadalquivir?”, me preguntan. Y yo les indico: “¿notáis el amanecer de la viña? Huele a vendimia, a levadura y a flores. Oledlo sin prisas. Tomad un pequeño bocado y volved a oler otra vez. Tenemos delante un vino fermentado en bota. Un blanco de vidueño, es decir salido de viñas muy antiguas”. Mi abuelo me dice: “ustilo mi pequeña”. Esto significa  que está recibiendo o percibiendo lo que le voy detallando. Conserva aún palabras de sus compañeros de pueblo gitanos. Les sugiero que ahora, con lentitud, tomen un sorbito, que paseen el vino por toda la boca y que finalmente lo tomen. ¿váis descubriendo los matices frutales, las notas a limón, a naranja, las notas cítricas? Tenemos voluminosidad en boca. Notamos que no hay despuntes, es pues equilibrado con un final largo y un pequeño amargor cítrico y fresco. Vino con larga personalidad.

Contentos y emocionados en la mesa, saboreando lentamente el plato y el vino. Los pensamientos de mis abuelos recorren pueblos y recuerdan sentimientos y emociones. Las anécdotas seguro que pasan una detrás de otra y alguna sale a la superficie como está contada por el abuelo: “recuerdo estar trajinando una larga escalera para la vendimia”. Lo miro con extrañeza, él sigue hablando: “las uvas estaban emparradas a 7 metros de altura. Teníamos que vendimiar con escaleras, era una pasada. Copiamos lo que vimos cerca de Nápoles, parecía que las plantas crecían más fuertes y libres y lo probamos con un buen resultado. Sólo nos costaba encontrar gente para vendimiar, parecía que tenían miedo a las alturas”. Se ríe y sigue con sus pensamientos y bebiendo. 

“éste vino me gusta mucho”, dijo mi abuelo mientras mi abuela asiente con la cabeza. Acto seguido, toma la palabra para contarnos una pequeña historia: “había un súper entendido en vinos”. “se llaman sommeliers”, le corregí. “éso cariño, un súper sommelier a quien todos preguntaban, muy famoso. Firmaba autógrafos y salía en la televisión. Un día soltó la frase de tu abuelo, aquella que decía: “quiero ser enterrado con la caja del vino que más me guste” y en ese momento se abrió la veda para los bodegueros. Muchos  llamaban ofreciéndole dinero para que fuera su vino quien le acompañara durante la eternidad. Él sólo tenía que hacer la publicidad y recibiría dinero mientras viviera. El bodeguero se convirtió en un fausto, un personaje que vende el alma al diablo a cambio de unas cuantas botellas de vino. Soñó con un brindis eterno y curioso con la muerte. En pocos días eran tantas las ofertas que su muerte se convirtió en una puja. Supo que viviría su muerte acompañado de vino por los siglos de los siglos”. “abuela, no hay vino que resista siglos y siglos”, dije yo. “lo sé cariño”, corroboro la abuela siguiendo con la historia. “éste sommelier decidió escoger un vino de cepas viejas, centenarias y las más resistentes al paso del tiempo. Vino de uvas bien maduras, con un mosto bien macerado, cargado de taninos y un mínimo de  15º de graduación alcohólica. Buena acidez para resistir el acoso del oxígeno. Un vino con un mínimo de 5 años de crianza en barricas de roble americano más denso y menos oxidativo que las barricas de roble francés. Los corchos de las botellas largos de alcornoque muy tupido. Como  medida final pidió también, por si acaso, que le hicieran llegar una caja de este vino cada semana, mientras estuviera vivo.

Finalizado su relato, la abuela, sonriente nos mira para ver nuestra reacción. El abuelo pensativo responde: “¡ves cómo tengo razón!, podemos disfrutar cada día del vino y luego también. Lástima que será difícil hacerlo con el porrón”.

Cuentos de Cuarentena II: ¿Luego también podré beber vino?

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