Cuentos de Cuarentena III: ¡Vino a todo tren!

2020-04-27

Vino a todo tren

 En casa, desde siempre, he visto un porrón en la mesa, a veces, incluso dos. La visión del comedor me hace reflexionar: veo a mi abuelo sentado en su sillón preferido con un libro entre las manos; “Conversaciones con Dios” de Neale Donald Walsch y mi reflexión es que, la unión del vino y la lectura, tienen el efecto de unas transfusiones directas de felicidad, aunque, en realidad, siempre lo he visto feliz.

Siempre he visto a mi abuelo poner amor en todo, especialmente, en el trato conmigo. En este justo momento me detecta, me sonríe y me dice:

-“Mi pequeña, siéntate conmigo y trae el porrón del tinto.”  

-“¡Infusión en vena!”, comento yo en voz alta

-. Él sonríe y dice: -“¡Y que no nos falte!”

En este día frio de abril, en pleno confinamiento, pienso en todas las cosas que he prometido hacer con mis abuelos; sentimientos contradictorios recorren mi mente, ¿será aún posible hacerlas?, inmediatamente los borro con un reset, seguro que sí, ¡sí las haremos! Mirando por la ventana y pensando en mil cosas no me doy cuenta y ya es casi la hora de comer. La hora más feliz del día, la hora de disfrutar de todo. Especialmente de las historias de mis abuelos.

Hoy saco mi decantador para mi vino cabernet para que esté más expuesto al aire. Ciertamente empieza la oxidación y eso provoca que los aromas y sabores se vuelvan más intensos y notables. Este proceso se denomina abrir el vino y en el transcurso de una comida o cena hace que el vino se vuelva más interesante.

La uva Cabernet proviene de la famosa región de Burdeos en Francia y es la más conocida y la sexta de las denominadas grandes uvas. Se cultiva en todo el mundo y es el resultado del cruce natural de 2 uvas, la Cabernet Franc y la Sauvignon Blanc.

La Cabernet Sauvignon crea vinos llenos de color con mucha acidez y taninos fuertes. Los taninos proporcionan color y estructura al vino y son los responsables de notar la boca seca y una sensación muy peculiar en la parte delantera y central de la lengua, la aspereza. Según la región dónde se cultiva puede variar un poco a nivel gustativo. En un clima más cálido como el mediterráneo notamos más notas frutales, sobre todo, de moras y grosellas. En climas más fríos predominan más las notas herbáceas y el tan famoso aroma a pimiento verde. Si tenemos un vino más envejecido en copa notaremos además notas a cuero, cedro e incluso vainilla.  Personalmente en mi boca encuentro todo un mundo de aromas como el café, caramelo, tabaco y eucalipto.

Lo maridamos con carne roja que también les encanta a los abuelos. El tanino del vino ablanda la carne y la grasa de la carne disuelve la astringencia del vino suavizándolo y resaltando sus aromas florales, ¡ambos ganan! El tanino es un polifenol natural. Básicamente son complejas moléculas de oxígeno y de hidrógeno que se encuentran en las plantas, madera, hojas y pieles de frutas, especialmente en las uvas.  

Paseando el cabernet por la boca antes de tragarlo recuerdo la frase anterior al observar el comedor: “transfusiones directas de felicidad” y les narro a mis abuelos que el vino no sólo se puede beber.

Les prometo que los llevaré a un Wine Spa. Me miran con curiosidad, pero yo prosigo. -¿sabéis que la vinoterapia nació en Burdeos para aprovechar las bondades físicas y estéticas del vino?

Ciertas moléculas de las uvas son antioxidantes y retrasan el envejecimiento de la piel. La uva es rica en polifenoles, flavonoides, enzimas, coenzimas y vitaminas A, B, C y E que mejoran la circulación sanguínea y nos relajan. Los polifenoles protegen contra los radicales libres, son también excelentes antioxidantes y proporcionan elasticidad, firmeza y juventud a la piel. Contienen vitaminas A, B1, B2, B6, C, E, fósforo, calcio, magnesio y potasio, nos ayudan a controlar el equilibrio hídrico y el nivel de sodio en el organismo. Los baños totales con vino, además de recuperar la piel y tonificarla, proporcionan una mayor consistencia muscular.

Dicho todo esto miro a mis abuelos que, con cara de sorprendidos, no saben qué hacer con el vino. No saben si beberlo o untarse la cara con él. Absorta en este pensamiento -mi abuelo dice: -¡a todo tren para un Wine Spa de estos pequeña!, a la que podamos vamos de cabeza. La abuela va diciendo que sí con la cabeza y con las manos en la cara comenta: -ya lo podías haber dicho hace unos añitos cariño. Conmigo el vino tendrá que hacer milagros a estas alturas. Ni haciendo de Cleopatra con el vino, bañándome en él, en lugar de con leche de burra. Metiéndome de cabeza en una bañera llena de vino.

El abuelo la mira y dice: -“mujer yo te sigo viendo la más bella del mundo”. Ambos se dan un besito suave y tierno mientras me miran. Yo sonrío.

A todo esto, vamos terminando la comida y el abuelo saboreando el postre comenta: -todo esto del tren me recuerda una historia curiosa. Deseo que ahora no pase y que sigan llegando vinos a las bodegas y tiendas. Hace un tiempo, allí por el 1904, en el Madrid de los Austrias, nombre que se da al Madrid de la época en que la dinastía de los Habsburgo reinó en España. La abuela le interpela diciendo: -entendido, pero yo siempre utilizo este nombre para referirme al centro de Madrid-. -“También” -dice el abuelo reanudando el relato-: -aunque en el siglo XX se ahogaban las penas en vino. Vinos que muchas veces llegaban en tren e inundaban las tabernas de Madrid y supongo de toda España, pero el 3 de febrero de 1904 estuvo a punto de haber una revuelta terrible en la capital por no llegar el tren del vino. Más de 100 bodegas jalonaban, es decir marcaban los pellejos a transportar, vasijas para entendernos, hechas habitualmente con piel de cabra con el aloque o vino de color claro. El clarete: ni blanco ni tinto. Cada día el tren llegaba como leche fresca del día.  Se bebía tanto que el rey Carlos III dictó una ley para evitar excesos. Esa ley indicaba que todas las jarras de vino debían llevar encima una tapa para reducir los efectos del alcohol. Nacía así la famosa tapa de los bares-.

-¡Oh!- digo yo -¡qué interesante!- -Sí, mi pequeña- dice el abuelo- terminando la historia: -Como decía, un día el tren del vino no llegó por un problema en la vía y encima se temía que esa vía estaría cortada durante varios días. Eso se comentó en la capital. La gente enfureció. Los taberneros hicieron acopio, guardaron pellejos y subieron los precios. La gente enfadada, iba enfureciéndose aún más. Saliendo a la calle casi buscando pelea. No les llegaba la transfusión y no lo aceptaban-. La abuela le interpela diciendo: -¡hombre!, yo no lo tengo así entendido- y sigue: -¿seguro que fue así?-  El abuelo con cara ocurrente la mira y dice: -¡mujer no me estropees el final!-  -¡Oh perdona!-, dice ella sonriente, -prosigue por favor, va-.  El abuelo termina: -Ciertamente, eso fue distinto, eso fue un bulo. Simplemente el servicio ferroviario subió los precios y los bodegueros no quisieron pagar más, con lo que no cargaron su producto en el tren.

Al día siguiente resuelto el conflicto el tren volvió a salir lleno de vino haciendo respirar aliviada a la población-.

-¡Uf abuelo!, ¡qué historia más curiosa y para pensar!, ¿verdad?- digo yo.

De todas las sensaciones que nos produce el acto de beber vino, la más directa y la que llega directamente a nuestro cerebro más primitivo, es la sensación del olfato. El aroma de un vino es capaz de evocar recuerdos a todo tren.

By Good Wine

Cuentos de Cuarentena III: ¡Vino a todo tren!

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